viernes, 9 de diciembre de 2011

Madurez?...


Casi cualquier cosa es preferible a esa miserable resignación, a esa mediocridad útil, que la mayoría llaman erróneamente madurez. Madurar no es convertirse en un ser gris absorbido por la rutina, sin lugar para el erotismo, para jugar y para reírse, hasta de uno mismo, gozar como lo hacíamos de niños, no nos hace inmaduros; al contrario, nos conecta con nuestros gustos y con aquello que nos hace vibrar.
La mayoría de las personas se conforman con sombras de emoción. La televisión es su triste abastecedora de asombro, convirtiéndose en seres rutinarios, la rutina significa renunciar a pensar. Para crecer se necesita salir siempre de ella, cruzar espacios nuevos, experimentar, arriesgar. El rutinario no vive, vegeta. No experimenta, jamás cambia de opinión; sus prejuicios son como un clavo, entre más le pegas, más se mete. Valorizando el tiempo se intensifica la vida. Cada hora, cada minuto, debe ser sabiamente aprovechado en el trabajo o en el placer, todos los males resultan pequeños frente al supremo bien de ser fieles a nuestra esencia sin permitir ser arrastrados al oscuro abismo de la cotidianidad y la monotonía.