El
tiempo es un espía que viene a curvar el sol y desdoblar la luna, en
una sucesión aciaga de luz y sombra que termina por volver la vida una
interrupción dócilmente aceptada. Se asoma a través de las rendijas
pequeñas de un segundero imaginario, pero implacable y letal.
Es
un pegamento que atrapa todo en una adherencia intoxicante y
contradictoria que dicta el destiempo, el contratiempo, la prisa y la
lentitud, la sincronía, la diacronía o la anacronía sin una pizca de
arrepentimiento; en pocas palabras: la imposibilidad de coincidir más
allá de la apariencia, de la aparición y sus simulacros de "estar".
Es
un diablo mimetizado que no descansará hasta quemar la última de las
partículas del mundo. Por desesperación dejamos que nos envuelva y tome
el control de las cosas. Es ahí cuando deja el ser-estar se transforma en fenómeno-apariencia. Nos lleva de la existencia a la medida, de la sensación al cronómetro y de ahí a la ausencia.
El
tiempo es casi cualquier cosa menos una unidad: es el desastre, el
caos, la tensión y la ruptura. Producto de su relación forzada, tiempo y
conciencia engendran angustia y desesperación.
En cierto sentido, en eso consiste su poesía y su belleza, en transformar a los seres humanos en seres vivos.
La humanidad siempre ha soñado con controlar el tiempo, con pararlo, volver al pasado o regresar desde el futuro como dice el sombrerero de la pelicula "Alice in the wonderland" el tiempo es un tipo de mucho cuidado y es mejor controlarlo, antes de que nos lleve por delante; Que marquemos nosotros las horas antes de que nos las marque él, priorizando y llevando las riendas de nuestra vida. Precisamente porque vivímos en un mundo donde se ha acelerado el tiempo y la vida se hace mas necesaria.
Saber gestionar el tiempo no solo es una garantía de eficacia personal, sinó tambien un modo de organizar y disfrutar de nuestra vida...quizá el mensaje del autor de Alicia " Lewis Caroll" nos deja entrever que más que matarlo debemos aprender a vivirlo.

