Guarda el silencio en una parte donde
podamos oírlo gemir. Saca a los días; deja que vean la calle; que se
mezclen con los perros; que perfumen sus propias esquinas y reflejen en
los aparadores, su gesto más triste de compradores de sueños. Haz como
si nada, por ahí está todo: en un reflejo, en una molécula de vida que
porta y comporta el absoluto.
Vira sobre un eje ciego, viudo, sediento, prohibido.
Déjalo fluir...
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